Ensayo / Mara Vale
Un sitio para el pulgar.
La vasija pasó una semana sobre el banco sin asas. Cada mañana la ceramista la levantaba, le daba media vuelta y la devolvía al mismo cerco húmedo. Las primeras asas se veían bien desde lejos. Al llenar la vasija, apretaban.
Alargó un poco el segundo par. Ahora el pulgar pasa por el hueco y dos dedos sostienen el peso por debajo. En la arcilla queda el pequeño relieve donde se presionó el asa contra el cuerpo.